sábado, 20 de febrero de 2010

EL TELÉGRAFO: EL PESIMISTA.

comparto con ustedes mi artículo del pasado viernes 19 de febrero en diario el telégrafo. en él relato una visita que hice a un amigo empresario de esos tan pesimistas que no ven el vaso medio vacío, sino que lo rompen.

Tomado de la edición impresa del viernes 19 de febrero de 2010.
El pesimista

Iván Sierra, Consultor empresarial

Hace pocos días visité a un amigo empresario. Se quejaba amargamente de que luego de seis años de incremento acelerado y sostenido de sus ventas, en 2009 estas habían crecido solamente un 9%. ¿Qué tal? Un tercio de las empresas del planeta decreció el año anterior, otro tercio celebró crecimientos de 0% y mi amigo se quejaba inconsolable de que sus ventas crecieron el doble de la inflación y el cuádruple del PIB. El resto del diálogo hubiera querido no tenerlo: no cree que el desempleo haya bajado del 9.1% al 7.9%, no cree que la inflación vaya a estar controlada este año y tampoco cree en el plan de incentivos anunciado por la ministra Nathalie Cely que otorgará beneficios tributarios a quienes reinviertan en activos, generen nuevas plazas de trabajo o dediquen fondos a investigación y desarrollo. Será difícil obtener esos beneficios -me dijo el pesimista- con el rostro y el alma arrugados, descompuestos, tristísimos…
(Pensé en Schopenhauer. El filósofo alemán decía que el alma humana se mueve entre el sufrimiento y el tedio. Y que el escape a tal sentencia es la vida ética, la contemplación del arte y la austeridad. Entonces me pregunté: ¿le hablaré de Schopenhauer al empresario sufridor y tedioso ahora o espero un mejor momento?).
Me siguió contando el pesimista su vida lastimera: las utilidades de la empresa habían disminuido del 15% sobre ventas al 12%. E inculpaba de tal tragedia a los nuevos rigores laborales y tributarios. No sirve de nada pagar impuestos -acotó el pesimista- lo verdaderamente útil es que la empresa privada pueda trabajar. Y cuando lo dijo no se sonrojó. Tal vez no sepa que la evasión tributaria en Ecuador llegó a niveles vergonzosos del 60% entre 2004 y 2005.
(Pensé en Sartre. El filósofo francés decía que el ser humano se construye a sí mismo, no viene preconcebido para el bien o para el mal. Es decir que la esencia de una persona se va desarrollando a lo largo de su existencia. Igual sucede con las sociedades: estas se construyen desde sus ciudadanías. ¿Le hablaré de Sartre al empresario para quien todo está escrito? ¿O esperaré otra oportunidad? Esperaré.)
El pesimista se levantó: me voy a la marcha de Nebot -dijo-, vamos a ver si con un par de carajazos asusta al Gobierno. En ese momento supe que Schopenhauer y Sartre no tendrían espacio ni tiempo. Tampoco lo tendría hablarle de las nuevas ciudadanías ni del empresariado socialmente responsable. Me fui. Salí de su oficina resuelto a escribir estas líneas, que ahora que las leo descubro que me están quedando muy grises, así que cerraré con un párrafo más entusiasta y no menos real.
Para bien de muchos, la mayor parte de empresari@s y microempresari@s del país no son así, son mucho más valientes, optimistas y solidari@s. Ellos y ellas están ayudando a construir una mejor ciudadanía, una mejor esencia, una existencia social más digna y más justa. Ahora le toca al Gobierno Nacional ejecutar con prontitud y sin ambages el plan de la ministra Cely y otros más que fomenten -sin prejuicios, pero con controles rigurosos- la noble actividad de la libre empresa. De la libre-responsable empresa.

2 comentarios:

  1. cada día me gustan más tus apuntes, de verdad me llenan completamente.

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  2. Si no funcionó Schopenhauer y Sartre no creo que le interese Antoine de Saint- Exupèry.

    Me recordó a la descripción de los adultos.
    "A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: "¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?". Pero en cambio preguntan: "¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?". Solamente con estos detalles creen conocerle. Si les decimos a las personas mayores: "He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las ventanas y palomas en el tejado", jamás llegarán a imaginarse cómo es esa casa. Es preciso decirles: "He visto una casa que vale cien mil pesos". Entonces exclaman entusiasmados: "¡Oh, qué preciosa es!".

    Basarse sólo en números, con razón es tan pesimista.

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